sábado, 11 de diciembre de 2010

DIGNIDAD Y VALENTÍA DE LOS CONTROLADORES.



No son unos egoístas ni tampoco unos seres insolidarios. Los controladores constituyen un ejemplo de dignidad y de valentía, por más que la voz en off del poder nos haga ciegos a la realidad y nos transforme en comparsas en su juego del “divide y vencerás”, presentándonoslos como los responsables de la tragedia de numerosas personas. Sin restar importancia al quebranto que supone ver como unas vacaciones se arruinan, este asunto trasciende tal perjuicio y denuncia algo mucho más grave: el sometimiento de la mayoría de los ciudadanos a recortes sociales que pretenden paliar lo que no son más que las consecuencias de la situación de privilegio en la que viven unos pocos.

Estos trabajadores, como los del Metro de Madrid o los del metal en Vigo, han tenido el coraje de enfrentarse al sistema cuando éste ha conculcado sus derechos, al igual que lo viene haciendo con el resto de los obreros, se encuentren en situación de actividad laboral o en el paro. Pero viendo que el número de desempleados crece y que las prestaciones decrecen, lo fácil es ponerle rabo y cuernos a quienes tienen redaños para plantarle cara al totalitarismo y mostrarlos como agitadores pancistas pertenecientes a una élite, cuando los verdaderos clasistas son aquellos que niegan al pueblo lo que prodigan a bancos o eléctricas, por citar a algunos que nunca pierden.
Cualquiera que no estuviese adormecido o domesticado habría respondido de idéntico modo que los controladores si entre otros desafueros, se les negase el derecho a la negociación colectiva, se les impusieran servicios mínimos superiores al 100% o no se les computasen las horas por baja maternal. Y en ningún momento ha pedido este colectivo, tal y como pretenden que creamos, subidas salariales. Cualquiera en ese caso respondería así… menos todos aquellos que prefieren sumarse al análisis del poder. ¡Qué sencillo es dirigir a un rebaño!
El Gobierno ha rescatado usos y figuras de la dictadura para acabar con la justa demanda de los controladores. Puede que después de tanto criticar el 23-F a algunos diputados aquella jornada les sirviera de lección magistral, porque el de la irrupción de Tejero en el Congreso fue uno de los pocos días en el que no se vieron escaños vacíos. Y es que parece que mientras los controladores no pueden faltar a su puesto de trabajo como medida de protesta para reclamar lo que en justicia es suyo, los políticos disponen de bula para hacerlo cuando el debate no les interesa o tienen algo mejor que hacer.
Expreso mi admiración por los responsables de la regulación del tráfico aéreo. Ojalá el resto de los ciudadanos fuésemos capaces de entender también quién es el verdadero enemigo.

¿QUÉ PASA CON AENA?.¿Quién es el responsable?.




Los controladores se han empeñado en negociar su convenio directamente con José Blanco, Ministro de Fomento, y de este modo han dejado fuera de la foto al principal responsable de que se haya perpetrado la huelga más salvaje y dañina de los últimos tiempos. Es importante hablar sobre quien es Juan Ignacio Lema Devesa, presidente de AENA, gallego y viejo amigo del ministro Blanco.
Vamos a situarnos.Lema Devesa, nacido en Santiago de Compostela, es ingeniero superior aeronáutico por la Universidad Politécnica de Madrid y licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid. Con anterioridad, desarrolló toda su carrera dentro del Ministerio de Fomento, ocupando puestos diversos. Así, ingresó en el Cuerpo de Ingenieros Aeronáuticos en 1983, entre 1992 y 1996 fue director del Aeropuerto de Madrid Barajas y entre 1998 y 2000 fue director de AENA.
Desde mayo de 2001 hasta su nombramiento en abril de 2009, formaba parte de la empresa Grupo San José, empresa a la que siguió perteneciendo hasta finales de 2009 siendo ya presidente de AENAEl Grupo San José ha sido la empresa constructora de varios proyectos de nuevos aeropuertos como la T4 de Barajas o aeropuertos de León, Lavacolla y muchas otras obras mastodónticas en aeropuertos dentro del territorio nacional.
Si tenemos en cuenta que el déficit de AENA es de 14.000 millones de Euros debido a los enormes gastos por la construcción de unos aeropuertos excesivos e innecesarios con escaso tráfico como Ciudad Real, León, Lérida, Salamanca y otros más en zonas donde nunca se podrán amortizar y que efectivamente han sido una buena tajada para constructoras como San José.
El pasado viernes el Consejo de Ministros aprobó la la privatización de los aeropuertos de Madrid, Barcelona y Palma que son los pocos que con sus ingresos dan beneficios a AENA, no incluyendo en este paquete los cerca de cuarenta aeropuertos deficitarios porque no habría nadie dispuesto a comprar.
Las nóminas de los controladores no llegan a los 400 millones y lo que se está discutiendo y posible de ahorro no son más que unos 80 millones ¿Entonces de que estamos hablando?
Los señores Blanco y Lema necesitaban un chivo expiatorio que desviara la atención sobre sus ruinosas inversiones y encontraron un colectivo que se podía presentar ante la opinión pública como unos caraduras y aprovechados por su actitud y sus enormes retribuciones y solo les faltaba calentarlos con sucesivos decretos contradictorios que al final reventaron con esta huelga salvaje.
Si a todo ello añadimos que la esposa de Lema fue nombrada como Directora de Recursos Humanos de AENA ya tenemos todos los ingredientes de este cocido que tanto se nos está indigestando.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

DISCURSO COMPLETO DE MARIO VARGAS LLOSA AL RECIBIR EL NOBEL DE LITERATURA.




Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de
la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la
vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las
palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del
tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas
de viaje submarino, luchar junto a d'Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las
intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme
por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius
a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del
pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las
primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me
apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me
he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía,
maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de
aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo
los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran
nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó
a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar,
alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me
querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin
duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi
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tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde
refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario
lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un
espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en
el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí
estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó
que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma
-la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell,
Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la
ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia
narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un
ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el
curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es
inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en
el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus
sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los
secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar
sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los
animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores
circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin
la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos
pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir
no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí
siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios
absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura
florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la
prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la
literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al
desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización
es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar
la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que
leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del
progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las
insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin
necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para
colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería
ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas
vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.