martes, 12 de abril de 2016

MARIANO POLA, PRIMERA VÍCTIMA DE LA AVIACIÓN CIVIL ESPAÑOLA.

LA PRIMERA VÍCTIMA DE LA AVIACIÓN CIVIL
ESPAÑOLA FUE MARIANO POLA

El Club de Regatas lo fundaron en una tertulia en el café “Lion d’Or” en el boulevard de la calle Corrida

En 1910 también quedó constituida la organización sindical SOMA-UGT, con Manuel Llaneza como primer secretario

Manuel de Cimadevilla. Periodista

Aquel año de 1910 no solamente iba a pasar por encima de nuestras cabezas en el mes de mayo el cometa Halley con sus veintiocho kilómetros de cola –en definitiva, la distancia entre Oviedo y Gijón- que auguraba el fin del mundo, sino que también se pusieron los cimientos para la puesta en marcha del Real Club Astur de Regatas en el café “Lion d’Or”, los obreros se organizaron con la creación del SOMA-UGT y el 28 de diciembre falleció el piloto gijonés Mariano Pola, la primera víctima de la aviación civil española.

Desde la privilegiada atalaya del cerro de Santa Catalina, se podía contemplar cómo los aviones aterrizaban en el arenal de San Lorenzo. Los corazones latían con fuerza con las nuevas tecnologías, los automóviles y las aventuras aéreas. Uno de los héroes de aquellos años fue el intrépido Jesús Fernández Duro, quien ya había recorrido sin mapas los diez mil kilómetros desde Gijón hasta Moscú y había atravesado en globo los Pirineos ante la estupefacción general por su hazaña. Asturiano nacido en 1878 en La Felguera quien era hijo de Pilar Duro y Matías Fernández Bayo, y nieto del empresario Pedro Duro, fundador de la primera gran siderurgia española. 

Debido a ello numerosos jóvenes trataban de emular a Jesús Fernández Duro e iniciarse en la práctica del incitante e incipiente deporte. Y las entusiasmadas retinas se perdían por la bahía no solamente con los aviones, sino que ya que había también un gran ambiente social entre los jóvenes amantes del deporte de la vela. 

Temáticas varias que ocupaban las tertulias de la calle Corrida y murmuraban sobre una hermosa mujer que en la calle de La Rectoría curaba a los afligidos con un brebaje a base de vino blanco, agua destilada, huevos cocidos, pimiento picante, azafrán, lentejas, manteca fresca y queso de Cabrales, de aquellos de verdad con la mezcla de las tres leches. 

 Finalizadas las tradicionales fiestas de Begoña, en una de las famosas tertulias del “Lion d’Or”, en pleno boulevard de Corrida Street –cervecería moderna y chic, peculiar por sus “vermouths” y sus meriendas, donde se reunían las familias de toda la vida de Gijón -siendo muy famoso el ambiente que había cuando salían al final de las representaciones teatrales las actrices y los actores a conversar con la clientela- un grupo de inquietos gijoneses empezó a pensar qué hacer de novedoso para el próximo verano. 

El Club de Regatas lo fundaron en el café “Lion d’Or”

La idea de crear un club marítimo –tal como ya tenían San Sebastián y Santander- surgió de manera espontánea en allí, en una tertulia veraniega en el café “Lion d’Or”, en la que participaban además de los dueños Cofiño y Oliva, Aureliano Fernández Blanco –director del Banco de Gijón, Manolo Acebal y Ladislao Muñiz. Aquellos entusiastas gijoneses responsabilizaron a Aureliano Fernández Blanco –entonces director del Banco de Gijón- de la convocatoria de una primera reunión oficial en la que participaron: Amado Alvargonzález, Arturo del Toral Pozo, Luis Zalero, Federico Hultton Plá, Manuel de la Riera, Eduardo Moreda, Fernando Fernández Quirós, Rafael San Juan, Ángel Azcoitia, Antonio Moriyón, Máximo Rodríguez Zarracina, José María Rodríguez, Bernardo Álvarez Valls, Agustín Argüelles, Anselmo Cerra, Javier Aguirre de Viar, Francisco Alonso, Eduardo Castro, y Enrique Zubillaga. Y así,  el 10 de septiembre de 1910 fue elegido como presidente el potentado José Antonio García Sol que tenía su casa solariega en Solavieya (Granda) cuyas sabrosas manzanas llevaban el apellido del adinerado magnate. 

Los primeros socios del Club de Regatas primeros socios fueron: Arturo Alvargonzález, Arturo del Toral Pozo, Luis Zalero, Federico Hulton , Manuel de la Riera, Eduardo Moreda, Fernando Fernández Quirós, Rafael San Juan, Ángel Azcoitia, Antonio Moriyón, Maximino Rodríguez Zarracina, José María Rodríguez, Bernardo Álvarez Valls, Agustín Argüelles, Anselmo Cerra, Javier Aguirre de Viar, Francisco Alonso, Eduardo Castro y Enrique Zubillaga. 

El nacimiento del SOMA-UGT, con Manuel Llaneza como líder

Pero no todo eran diversiones, ya que el panorama laboral cada vez estaba más negro. En aquellos tiempos fue aprobada la ley que facultaba a obreros y patronos a coaligarse y acordar paros con plena libertad. Debido a ello, en Gijón los litigios entre los obreros y los patronos se solventaron con una maratónica reunión de diez horas en el Ayuntamiento promovida por el Instituto de Reformas Sociales. El ingeniero Domingo de Orueta defendió a los empresarios industriales y el anarquista Eleuterio Quintanilla hizo valer los derechos de los trabajadores. No se llegó a acuerdos y pronto empezarían los paros generales en la construcción y demás industrias estratégicas. La experiencia de la derrota de aquella otra "huelgona" motivó que los obreros potenciasen su hasta entonces rudimentaria organización y así en 1910 nació el Sindicato Obrero Minero Asturiano (SOMA), adscrito a la Unión General de Trabajadores. Su primer secretario fue un obrero expulsado de la Fábrica de Mieres, Manuel Llaneza quien organizó eficazmente, con las cuotas de los afiliados, la caja de resistencia ante los inevitables futuros conflictos laborales que estaban en el negro horizonte.

El gijonés Mariano Pola, la primera víctima de la aviación civil española

El periodista J.M. Ceinos ha escrito en “La Nueva España” este magnífico perfil de Mariano Pola: “A principios del siglo XX la aviación, entonces en ciernes, era una de las últimas fronteras a batir por el hombre, a la que se aplicaron los más intrépidos. Y hasta los años treinta del siglo pasado, con los grandes «raids» aéreos intercontinentales, en los que los pilotos españoles despuntaron, también levantó pasiones entre el gran público.

 Naturalmente, en la conquista de los cielos también hubo presencia gijonesa desde muy pronto, encarnada especialmente por un joven de la burguesía industrial local: Mariano Pola Collar, descendiente de una familia originaria de Luanco (Gozón), los Pola, que hicieron fortuna en la Cuba española y al regreso fueron la punta de lanza de la industrialización de la ciudad con la fundación, entre otras empresas, de la Fábrica de Vidrios La Industria y la Fábrica de Loza La Asturiana, así como por su labor filantrópica, de la que el Asilo Pola fue el ejemplo.

 Aplicado a la «afición» de surcar los cielos y con muchos posibles, Mariano Pola, amigo de los deportes y buen automovilista, es decir, un «sportman», como se denominaba en los periódicos de la época, por influencia británica, a quienes podían permitirse la práctica de los deportes, decidió adquirir un aeroplano y tratar de batir la marca del vuelo entre París y Bruselas.

 Mariano Pola, quien tenía de ingeniero de vuelo a su instructor Alejandro Laffont, piloto jefe de la Casa Antoinette. Ambos, durante todo aquel mes de diciembre, pusieron a punto el aparato, un monoplano, y tras un mes de nieblas y vientos persistentes decidieron emprender el vuelo a Bruselas en la madrugada del 28 de diciembre.

Al día siguiente, en el diario gijonés «El Noroeste», se contaba a los lectores que a las ocho y media de la mañana comenzaron a realizar pruebas en el campo de Issy-les-Moulinaux, en las proximidades de París, se elevaron admirablemente, aunque funcionaba mal el carburador, a causa del frío, que era excesivo. Por tal motivo, y con objeto de poner en condiciones el aparato decidieron descender.

 Terminados los arreglos, Pola y Laffont, a los mandos del monoplano, volvieron a despegar, pero «cuando se hallaban a sesenta metros de altura y al dar un rápido viraje, se desprendió el ala izquierda del aparato, dando éste instantáneamente una voltereta y cayendo vertiginosamente con gran estrépito. Al precipitarse a tierra el aeroplano «produjo un fuerte chasquido ahogado por el grito de horror de los espectadores. Laffont, por la fuerza del choque, salió despedido unos tres metros del asiento, resultando con el cráneo fracturado y el brazo izquierdo roto; la muerte fue instantánea». Por su parte, «Pola quedó sepultado debajo del motor y de la destrozada armadura del aparato». 
Su muerte le hizo pasar a la historia al gijonés Mariano Pola como la primera víctima de la aviación civil española.

( MANUEL CIMADEVILLA, periodista ) 

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